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El miedo

El miedo es un esquema adaptativo para la supervivencia y defensa de todos los seres vivos. Su respuesta es la lucha, la huída o la sumisión.

Cuando tenemos miedo la expresión facial se transforma, las pupilas se dilatan, los ojos y la boca se abren, el ritmo del corazón se acelera, así como la sudoración, nos sube la glucosa, la presión arterial, nos tiemblan las piernas, nos quedamos paralizados, rígidos, aunque sólo se trate de miedos imaginados.

El ser humano está lleno de miedos, quizás sea la respuesta afectiva mas frecuente, porque a diferencia de los demás seres vivos, tenemos muchos miedos inventados, imaginados, adquiridos, además de los miedos ante situaciones de amenaza real. Las falsas creencias, creencias que se toman tal cual sin mediar una reflexión o una indagación sobre a verdad de lo que nos cuentan, procuran miedo muy frecuentemente.

El miedo principal es a la muerte, o a la vida que viene a ser lo mismo. Ese miedo está a la base de muchas de nuestras conductas, aunque muchas veces se oculte a los demás o incluso a nosotros mismos. Lo transformamos en ira, violencia, control, complacencia y/o obediencia ciega.

Parece que en nuestra cultura esté prohibido al miedo, hasta le han cambiado el nombre. Le llaman ansiedad, angustia, estrés, en un intento de ocultarlo, como si pudiéramos pasar por la vida sin él. Muchas de las personas que tienen la tensión alta, o sufren de estrés o tienen problemas cardíacos, o el colesterol alto, están realmente muertas de miedo, aunque no sepan o no sepamos a ciencia cierta qué o quién se lo está provocando.

Y en contradicción con lo anterior, vivimos en una cultura del miedo. A través de los medios de comunicación se nos aterroriza con peligros presentes y futuros. Se exagera la realidad de tal manera que se convierte en un drama y el público lo toma como una verdad absoluta, otra vez sin reflexionar. Es la mejor manera de conseguir la dominación política y el control social.

El miedo comienza en la infancia. Los padres y tutores, mas o menos conscientemente, aterrorizan al niño innecesariamente, en un intento de controlarlo, de conseguir que hagan lo que los mayores quieren, mas por motivos egocéntricos (para que el niño no de la lata) que realmente para educarlo, acompañarlo.

Y toda vez que asustamos a un niño innecesariamente, le estamos mermando su autoestima, le estamos paralizando en su evolución, en el desarrollo de su inteligencia, pues el miedo le impide pensar y sentir libremente. Le estamos confundiendo. Ahí está la raíz de los miedos que nos acompañarán después de adultos, a lo largo de la vida. Esos miedos se quedan ahí fijados, se pueden convertir en neurosis, como las fobias, las obsesiones, la depresión, las compulsiones y otros muchos síntomas que tratamos constantemente en terapia.

Los seres humanos tenemos mucho miedo a perder y por más que hagamos, simplemente por efecto del envejecimiento vamos continuamente desprendiéndonos de cosas, personas y de la propia vida. No queremos perder al parchís y no queremos perder la vida, o la pareja, o los padres, o el negocio, o el puesto de trabajo. Solo queremos ser ganadores y la publicidad nos engaña diciéndonos que podemos conseguirlo.

Muchos de nuestros miedos se basan en proyecciones propias. El miedo al “que dirán”, como si uno pudiera saber lo que piensan los demás, el miedo a no estar “a la altura”, sin saber muy bien de que altura estamos hablando, el miedo al futuro, como si el futuro fuera siempre negro y lo pudiéramos conocer. El miedo a no ser aceptado, el miedo al abandono, el miedo a decir lo que uno piensa, el miedo a no cumplir con las expectativas del otro…. Estos miedos son el resultado de las vivencias infantiles, de si nuestros padres y tutores nos exigían demasiado, o nos rechazaban, o nos maltrataban, o nos sentíamos abandonados por ellos.

Esos miedos infantiles, en la madurez, se generalizan al resto de la población y se supone que los demás van a responder de la misma forma que lo hicieron nuestros padres o tutores y con las mismas reglas que tenían ellos. Como consecuencia de ello, muchas personas intentan adaptarse, o reprimir su espontaneidad, su naturalidad, en un intento ciego de adaptarse a los demás, pero lo único que consiguen es llenarse de mas angustia todavía.

También está el miedo a la propia “sombra” en términos de Jung. Tenemos miedo de no ser nuestro yo ideal, aquel que nos gustaría alcanzar, para que entonces nos sintiéramos seguros (en todo momento) y fuéramos aceptados (por todos, aunque nosotros no aceptemos a muchos). No queremos vernos por dentro, vaya a ser que descubramos actitudes o sentimientos que nosotros consideremos negativos o débiles. Es curioso como muchas personas le tienen miedo a tener miedo, pues eso les convertiría a sus propios ojos en cobardes.

El dolor también nos produce miedo, queremos pasar por la vida sin dolor. Otro absurdo. Desde el dolor real de la enfermedad física hasta el dolor emocional, es imposible no pasar por el dolor, y sin embargo muchas personas lo consideran una debilidad.

La represión del miedo trae como consecuencia, no sólo un miedo mayor, sino muchas enfermedades psicosomáticas, la necesidad imperiosa de control, la transformación del miedo en ira, en odio o en envidia. El reconocimiento del miedo nos ayuda a desdramatizar, nos impide convertirnos en personas frías y duras que aparentemente lo encajan todo, se atreven a todo, sin consecuencias.

Luego está la fascinación que produce el miedo. Las películas o espectáculos de terror, los deportes de alto riesgo, la montaña rusa u otros espectáculos de feria atraen a muchísimo público como si quisieran experimentar más miedo aún. ¿Será que resulta una sensación muy familiar o acaso es una forma de sentirse vivo en personas que tienen muy bloqueados sus sentimientos?

Nuestras mentes son muy poderosas y los miedos imaginados pueden tomar unas dimensiones extraordinarias. Después, cuando ese miedo se vivencia en la realidad, resulta ser en muchas ocasiones bastante mas llevadero y menor en sus dimensiones.

Nosotros, los profesionales de la psicología, no podemos ayudar al paciente cuando hay situaciones de miedo reales, si podemos sin embargo aliviar los miedos imaginados, la angustia, de modo que la persona pueda llevar una vida más placentera y sosegada.

Rocío G. Guitard

2010

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